de mi cuerpo
a todas horas.
Esa nube
de tristeza
en el estómago,
el calor enfermizo
de mi frente
y el desgarrador
frío
de la piel que está
ahora tan lejos
de tus manos.
Sé que fuimos
los más dichosos
y los más valientes.
Supimos medir las horas
con la inexactitud
precisa
e irremediable
de la felicidad,
con los labios
siempre mojados
de recuerdos.
Con los corazones
al rojo vivo
y las manos
latiendo.
Siempre he sabido
que fuimos todo
y todo
lo que quisimos
ser.
Alguien me dijo que se había ido
fuera de la ciudad. Y volví a verla
cuando no estaba ya. Volví a entregarme
al dolor de sentir su lejanía
y a la añoranza de sus movimientos.
Volvió a decirme en sueños que me amaba
y a protagonizar mis pesadillas.
Volví a verla denuda entre mis brazos.
Volví a verme desnudo entre los suyos.
Luis Alberto de Cuenca